XX. Hacia una nueva filosofía de la esperanza…

Un 10% de la realidad pertenece a las cuestiones objetivas mientras que, un 90%, a las cuestiones subjetivas, y me explico: para la mente humana no es importante lo que pasa, sino lo que ella cree que pasa, lo que es muy diferente. Partimos de la realidad para llegar a nuestra mente con la excusa de “analizar” el contexto de inserción, pero es vital que, después, sigamos jugando, es decir, “volvamos” a la realidad. Lo de fuera nos ayuda a activar lo de dentro, y lo de dentro debe de modelar y salvar las carencias de lo de fuera de nuevo.

Todo empieza, así, en un plano fáctico, por nosotros: somos capaces de pensar, sí, pero ¿somos capaces de actuar? Si no somos capaces de optimizar nuestro contexto no somos más que un engranaje más de un sistema, es decir, somos estáticos, no dinámicos. El estatismo supone la no-innovación, y ésta, a su vez, la muerte de toda ilusión bajo el soberano imperialismo de lo metodológicamente impuesto. No se puede revolucionar la Historia si no se innova, ese es el principio número uno que es necesario poner sobre la mesa para trazar las líneas de una filosofía de la esperanza que se quiera autoproclamar a los cuatro vientos como tal de una manera desinteresadamente orgullosa.

La clave de la innovación, no obstante, es una: no aparece de la nada. De hecho, nada aparece de la nada (“ex nihilo” como dirían algunos/as), pero aún menos la innovación, la cual aparece, sencillamente, como fruto del rebosar del pensamiento crítico aplicado. Es muy difícil innovar si apenas se conoce cómo se ha hecho otras veces, bajo qué elementos, bajo qué patrones de conducta, bajo qué expectativas, etc., lo que podríamos resumir en el cómo-cuándo-dónde. Es por eso que es tan importante conocer nuestro pasado, pues es la llave de nuestro presente del mismo modo en que éste lo es de nuestro futuro.

El conocimiento, así pues, facilita la innovación, y somos nosotros quienes decidimos en este proceso si de verdad queremos ser innovadores. No podemos innovar con excusas, claro, la innovación es liderazgo, y éste no es más que la excelencia en la autogestión personal (o profesional). Se puede cambiar el mundo del modo que sea: darle la vuelta, hacerle girar más rápido, ponerlo “patas arriba”, etc., pero, al final, todo se reduce a un deber social: optimizarlo. No solo hay que cambiar el mundo, hay que mejorarlo. El conocimiento debe de convertirse en capacidad crítica, y ésta en una transformación de las condiciones físicas de existencia de nuestro globo.

Tenemos que proyectar afuera lo que tenemos dentro una vez éste material sea ya el excelente. Una nueva filosofía de la esperanza, bajo mi punto de vista, es eso: una férrea y dinámica capacidad de innovación ética capaz de integrar a todo el mundo en torno a un mismo objetivo de progreso histórico. Podemos decir que el mundo es una inversión constante, y nosotros somos a la vez sus escultores y esculturas.

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