XXII. Ser es sinónimo de ser libre, lo demás es existir.

Primero se existe y luego se es. Lo que esto significa es, por un lado, que la realidad tiene un orden objetivo y universal por encima del cual nada alza el vuelo y, por otro, que todo ser animado podemos llegar a ser todo aquello que podamos llegar a imaginar y decidir.

Existencialistas franceses como, por ejemplo, Sartre (uno de los más famosos), quizá aclaren mejor que yo esta ontología fenomenológica con una frase que, traducida, no sería muy diferente a ésta: “la existencia precede a la esencia”. Con total seguridad me atrevo a decretar que ésta es una de las afirmaciones más potentes que la Historia de la Filosofía ha hecho nunca. Lo que se está diciendo es nada menos que lo que ya era hora de ir diciendo: que ser implica ser libre y que esta dinámica comienza desde que la vida en cuestión da su pistoletazo de salida. Las condiciones materiales de existencia no serán las mismas jamás, pero ese será otro debate, porque la libertad puede llegar a estar condicionada, pero jamás determinada. El arquitecto de esta última idea, Merleau-Ponty (otro de los famosos), es quien verdaderamente matiza la, para mí, única clave de la libertad: si está en todas las partes no está en ninguna. La libertad tiene que concretarse en la realidad física: tiene que ser reconocible y alcanzable.

En síntesis: la libertad es aquello que nos permite ser y no solo existir, aquello que nos permite innovar y no solo seguir la corriente, aquello que nos permite crecer y no solo mantenernos.

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