XXIV. Conjugar consciencia e inconsciencia: ¿el arte de la invencibilidad?

Una de las cosas más importantes que ha logrado el psicoanálisis (ésto va para sus más mediocres críticos) ha sido poner de manifiesto una idea muy clara: que lo que no se percibe no tiene por qué no existir, es decir, que pensar en trascender fiándose (solo) de lo visible es jugar a muy simples miras.

En el plano psicológico, esto significa lo siguiente: que, aparte de la mente “perceptible” capaz de hacerse consciente de sí misma (con la que funcionamos a nivel directo), existe una segunda mente “imperceptible” que, incapaz de hacerse consciente de sí misma, modela conductualmente la anterior en pro de la supervivencia del sujeto activo que maneja todo el organismo (con la que funcionamos a nivel indirecto). A la primera mente la solemos llamar “consciente” mientras que, a la segunda, “inconsciente” (existiendo, por supuesto, numerosas etapas híbridas cuya nomenclatura se corresponde con la terminología propia del prisma del que se juzgan). La primera, la consciente, tiene un poder muy limitado si no se adapta a conjugar sus propias necesidades con los influjos de la segunda, la inconsciente. Esto significa que la consciencia, a pesar de ser mucho más débil, es lo suficientemente inteligente como para poder absorber la fortaleza de la inconsciencia, la cual no tiene más dirección que la de los instintos primigenios que nos hacen huir del dolor y buscar el placer (lo que conlleva una cierta desactualización al medio en el S. XXI). Si la consciencia se modela con conocimiento-experiencia, la inconsciencia se modela con repetición. La consciencia, así pues, desde tales conocimientos y experiencias, es capaz de construir conceptos capaces de condicionar la repetición de ciertos patrones de conducta que programen a la inconsciencia a automatizarlos en pro de un beneficio que ya previamente se ha analizado (por eso se hace).

Si la consciencia (nuestra identidad) aprende a controlar a la inconsciencia (nuestra física), lo que ocurre es que las cosas pueden empezar a ser posibles: es una cuestión de inteligencia (1) y de perseverancia (2). Reprogramar es el arte de la excelencia.

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