XXV. La deconstrucción de la limitación.

Si algo tiene la suficiente importancia para ti, aun cuando todas las probabilidades se posicionen en tu contra, debes de hacerlo. ¡No te rindas!

Sí o sí. No existe otra opción. La realidad se sintetiza en matemáticas, y tales, en estadística: en el fondo, la praxis humana no consiste más que en incrementar o reducir las probabilidades de lo que se quiere o no se quiere que ocurra. Es hora de que superemos el debate de Dios-no Dios, entendiendo por tal cualquier tipo de absoluto capaz de condicionar nuestro esquema de libertad y responsabilidad. Los únicos responsables de todo lo que ocurra somos nosotros mismos, tanto para bien como para mal: caemos por nuestra culpa del mismo modo en que triunfamos por nuestro esfuerzo. No hagamos sangre, eso sí, pues no seré yo el Nietzsche que, radicalmente, diga que todo aquel que crea en realidades trascendentales ajenas a su propia identidad sea un débil e irascible producto de la más banal de las mediocridades.

Yo creo que a la verdadera libertad solo se llega desde la verdadera responsabilidad, y ésta no es más que la capacidad de justificar el propio comportamiento en base a unos patrones éticos a los que llamamos “valores”. Si no podemos ser responsables, no podemos ser libres. Si no podemos ser libres, simplemente, no podemos ser. Por tanto, yo propongo romper la cadena desde su concepto inicial: matar verdaderamente a todo aquello que pueda limitar nuestro pensamiento. Al nacer, nos tocan unas cartas (dejémoslo, por hoy, en que es por un azar que no llegamos a comprender con exactitud), pero somos nosotros quienes las jugamos; ésto no significa otra cosa más que la siguiente: la vida no se elige hasta que se es capaz de elegirla desde la voluntad. No elegimos muchas de las cosas que ocurren (mi porcentaje es un 10%), pero sí que podemos influir en pro de un aumento o una reducción de las probabilidades de que ocurran en dependencia directa de nuestras acciones.

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